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La intimidad inesperada del trabajo de campo virtual

Alba Boer Cueva, Keshab Giri, Caitlin Hamilton and Laura J. Shepherd | Published on octubre 22, 2021

Con planes para hacer trabajo de campo en Katmandú, Bogotá y Belfast, con congresos en Beirut y Freetown a cada lado, teníamos planeado un 2020 emocionante y ajetreado. Pero entonces, por supuesto, llegó COVID-19, y viajar de repente fue lo último en nuestras mentes.

Pero la investigación que le habíamos prometido a nuestros benefactores aún tenía que hacerse así que, como tantas otras personas, nos conectamos a Internet. Con las oficinas cerradas y confinamientos de varios niveles de rigidez en Australia, Colombia, Nepal e Irlanda del Norte, nuestras conversaciones en vez tuvieron lugar virtualmente en salones, desde las mesas de cocina y en los “rincones de oficina” construidos apresuradamente en dormitorios.

Inicialmente, nos preocupaba que el no compartir el mismo espacio físico con las personas  a las que íbamos a entrevistar pudiera afectar de alguna manera el ánimo de las entrevistas; que carecerían de la textura y la personalidad que tenían nuestras otras experiencias haciendo entrevistas. Pero aquí estábamos, todos encerrados en nuestras casas, todos abordando de repente el empalme de la vida laboral y familiar, y todos tratando de protegernos de un virus del que nadie sabía realmente cómo protegerse. Creó una sensación de camaradería e intimidad que no habíamos experimentado en nuestras entrevistas en persona, y que definitivamente no habíamos esperado de nuestras entrevistas por Zoom.

Las transcripciones tienen todas las características de la vida real – entrevistas interrumpidas por entregas de paquetes, miembros de la familia yendo y viniendo, mascotas apareciendo de por medio. Las conversaciones derivaban del tema en cuestión – el financiamiento de los donantes y la agenda de MPS – a cómo cada uno de nosotros llevaba el confinamiento; la gracia que tenía que uno de nosotros se uniera a la conversación y estuviera hablando al oscurecer en una noche de verano en Sídney (el ventilador zumbado de fondo), mientras que la otra persona se conectaba por Zoom desde debajo de una manta sentada en un sofá en una mañana fría en Belfast. Aunque no estuviéramos físicamente en el mismo lugar, la formalidad que a menudo caracteriza las entrevistas en persona desapareció.

Pero aquí estábamos, todos encerrados en nuestras casas, todos abordando de repente el empalme de la vida laboral y familiar, y todos tratando de protegernos de un virus del que nadie sabía realmente cómo protegerse. Creó una sensación de camaradería e intimidad que no habíamos experimentado en nuestras entrevistas en persona, y que definitivamente no habíamos esperado de nuestras entrevistas por Zoom.

Las transcripciones tienen todas las características de la vida real – entrevistas interrumpidas por entregas de paquetes, miembros de la familia yendo y viniendo, mascotas apareciendo de por medio. Las conversaciones derivaban del tema en cuestión – el financiamiento de los donantes y la agenda de MPS – a cómo cada uno de nosotros llevaba el confinamiento; la gracia que tenía que uno de nosotros se uniera a la conversación y estuviera hablando al oscurecer en una noche de verano en Sídney (el ventilador zumbado de fondo), mientras que la otra persona se conectaba por Zoom desde debajo de una manta sentada en un sofá en una mañana fría en Belfast. Aunque no estuviéramos físicamente en el mismo lugar, la formalidad que a menudo caracteriza las entrevistas en persona desapareció.

Esta falta de formalidad en los espacios y la emisión se injertó en las conversaciones mismas. Además de las entrevistas, nos hallamos hablando de hábitos de compra en línea y del temperamento de los perros mascotas; hablamos sobre situaciones de vida, aflicciones por la pandemia y recetas para estimular el sistema inmunológico. En vez de hablar como investigador a participante, hablamos como personas con una experiencia compartida de la pandemia (y un interés compartido en empoderar a las mujeres constructoras de paz). Como resultado, en realidad nos hicimos más íntimos a pesar de que a veces estábamos literalmente al otro lado del mundo el uno del otro. Y esto ocasiona algunas consideraciones éticas interesantes.

Nuestra comprensión de la ética de investigación tiende a basarse en los tipos de encuentros de investigación con los que nos encontramos con mayor frecuencia. Hasta ahora, eso tendía a ser un modelo de cara a cara, de el investigador va a algún sitio para hacer trabajo de campo y después se va a casa. Como investigadores, muchas veces no vivimos en las comunidades que estudiamos, y mucho menos traemos a las comunidades a nuestros propios hogares. Pero aquí estamos, en las casas de unos y otros (no obstante, virtualmente).

En vez de hablar como investigador a participante, hablamos como personas con una experiencia compartida de la pandemia (y un interés compartido en empoderar a las mujeres constructoras de paz).

Esto es algo que muchas instituciones de investigación todavía no están abordando. Nosotros estábamos sujetos a medidas mucho más estrictas cuando anticipábamos viajar que cuando indicamos que íbamos a estar hablando con las mismas personas en línea. Inicialmente, en nuestra solicitud ética, se nos pidió que demostrásemos cómo nos aseguraríamos de “que se otorgara el debido respeto y protección a los participantes”. Tuvimos que enseñar que habíamos considerado la forma en que se llevaría a cabo la investigación, el bienestar de los participantes después de la investigación, el uso de los resultados de la investigación, el acceso a cualquier artefacto o asunto culturalmente sensible y los problemas conocidos que afectaran a una cultura local, sus normas y cualquier diferencia cultural, religiosa o política que pudiéramos encontrar.

Sin embargo, en cuanto informamos de que nuestras entrevistas habían cambiado a en línea, el requisito de abordar estos asuntos ya no apareció como parte del proceso de solicitud ética. Esto da peso a la especulación de que las solicitudes éticas tienen tanto que ver con el riesgo que posan para la institución como con la realización de una investigación ética. Pero es preocupante, porque la intimidad que encontramos en nuestras entrevistas también tiene la posibilidad de causar daño, y es un daño que los investigadores no están siendo incitados a pensarse críticamente.

Por ejemplo, dependiendo del tema, las entrevistas desde el hogar o los espacios comunitarios locales pueden poner en riesgo a los participantes de la investigación. Con el inicio de los confinamientos por pandemias, la nueva enseñanza virtual de temas delicados tuvo que lidiar con las posibles inseguridades que enfrentan los estudiantes al discutir o contar experiencias personales relacionadas con, por ejemplo, género y sexualidad, en un entorno que podría no permitirles hablar abiertamente sobre estos temas. Las entrevistas íntimas enfrentan desafíos parecidos, ya que no podemos asumir que el hogar es un espacio seguro para todas las personas cuando hablamos sobre temas de género, justicia y seguridad.

Esto da peso a la especulación de que las solicitudes éticas tienen tanto que ver con el riesgo que posan para la institución como con la realización de una investigación ética.

Y entonces está la brecha digital, la cual crea la posibilidad muy real de marginar aún más a quienes ya han sido marginados. Descubrimos que muchas de las OSC de base más pequeñas no tenían una página electrónica oficial ni una dirección de correo electrónico disponible públicamente. Además, la falta de tecnología, en combinación con conexiones a Internet inestables, a menudo nos impedía escuchar experiencias y perspectivas diversas (a veces literalmente). En el caso de una entrevista con una persona basada en una parte remota de Nepal, la mala conexión telefónica en el área significó que gran parte de la conversación fue inaudible. De manera parecida, con otra persona de una zona rural de Colombia, la entrevista se hizo durante toda una semana a través de mensajes de WhatsApp que se grababan cada vez que la persona se encontraba dentro del alcance de una señal telefónica.

Las crisis de salud mental también se generalizaron durante la pandemia, y los efectos traumáticos de la pérdida y el aislamiento retumbaron en las comunidades. Mientras que con razón hay que tener cuidado con los temas delicados para no volver a traumatizar a los supervivientes y desencadenar estrés postraumático, los investigadores no tienen la formación ni están apoyados en temas que no están relacionados con el tema de la entrevista como para ofrecerles respuestas adecuadas a personas en crisis.

Estos y muchos otros temas, pequeños y más importantes, surgieron durante nuestro período de trabajo de campo virtual. Aún aguardamos los días en los que podamos conectar en persona con los participantes de la investigación, reunirnos la próxima vez que nos encontremos en el mismo sitio a la misma hora para comer juntos. Pero mientras tanto, tenemos que pensar en la ética de cómo abordar esta intimidad al hacer trabajo de investigación, pero también pensar sobre las oportunidades que nos ofrece en términos de reflexividad y responsabilidad hacia nuestras posiciones como investigadores.

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